Entrevista a Ana Palacios Ramos, enfermera especialista en Salud Mental

En el Día Internacional de la Enfermería de Salud Mental ponemos el foco en quienes están detrás de los cuidados. Como profesionales acostumbradas a acompañar, escuchar, sostener y cuidar a los demás, las enfermeras no siempre encuentran el mismo espacio para atender su propio bienestar emocional.

‘Enfermería en Vena’ ha hablado de todo ello con Ana Palacios Ramos, enfermera especialista en Salud Mental y psicóloga. Su propia experiencia como enfermera en las urgencias hospitalarias, como tutora en la FSI y como psicóloga le ha permitido aproximarse al cuidado desde distintas perspectivas.

Esta doble mirada, desde la Enfermería y la Psicología, le ha permitido profundizar en una cuestión especialmente relevante para quienes trabajan cuidando a los demás: cómo reconocer el desgaste emocional, qué señales estamos normalizando y qué podemos hacer para proteger nuestra propia salud mental.

Precisamente, el próximo 30 de septiembre estará en el Colegio Oficial de Enfermería de La Rioja (COER) impartiendo una formación práctica centrada en la gestión emocional, la autorregulación y la construcción de relaciones laborales más cuidadosas y eficaces.

P. En tu doble mirada como enfermera y psicóloga, ¿qué te ha enseñado enfermería sobre la salud mental que quizá no habrías aprendido desde la psicología?

R. Ambas profesiones se complementan: la enfermería te enseña a estar, observar, cuidar y acompañar en lo cotidiano y en momentos de crisis, mientras que la psicología te aporta más herramientas para comprender los procesos emocionales, cognitivos y conductuales. La enfermería me enseñó a mirar a la persona incluso cuando no podía poner en palabras lo que le estaba pasando. La psicología me enseñó a poner palabras y significado a muchas de esas experiencias.

P. El 1 de septiembre reivindicamos más visibilidad y el reconocimiento para la Enfermería de Salud Mental. ¿Crees que todavía es una especialidad insuficientemente conocida, incluso dentro de la propia profesión enfermera?

R. Sí, creo que sigue siendo una especialidad bastante desconocida incluso dentro de la propia profesión enfermera. Y creo que tiene que ver, en parte, con que no siempre se conoce bien cuál es el papel específico de una enfermera especialista en Salud Mental. A veces, se invisibiliza su papel cuando realmente está en una posición privilegiada para acompañar a la persona de una manera muy cercana y continuada, detectar cambios, identificar necesidades, trabajar aspectos relacionados con los hábitos y el autocuidado y acompañar en situaciones de crisis. No se trata solo de que se reconozca la titulación, sino de que las enfermeras especialistas puedan desarrollar realmente las competencias para las que se han formado.

P. ¿Qué aporta una enfermera especialista en Salud Mental que no debería faltar en la atención a este tipo de pacientes?

R. Precisamente, la capacidad de cuidar a la persona desde una mirada integral. No vemos únicamente unos síntomas o un diagnóstico, sino a una persona con una historia, unas necesidades, un entorno y un proyecto de vida. No deberíamos perder nunca la importancia de la relación terapéutica, herramienta fundamental que establecemos con el paciente: escuchar sin juzgar, generar confianza, acompañar, observar, detectar cambios.

«La enfermería me enseñó a mirar a la persona incluso cuando no podía poner en palabras lo que le estaba pasando. La psicología me enseñó a poner palabras y significado a muchas de esas experiencias»

P. Entre las reivindicaciones de este día las enfermeras especialistas reclaman que puedan desarrollar realmente las competencias para las que se han formado, que haya más profesionales y más recursos para cuidar la salud mental de la población y más visibilidad.

R. Es fundamental que se reconozca y que ese reconocimiento se traduzca también en hechos. Formar a profesionales y después no permitirles desarrollar sus competencias supone desaprovechar un recurso muy valioso. Además, la enfermera especialista puede intervenir en prevención, promoción de la salud mental, educación sanitaria, detección precoz, intervención y acompañamiento, no solo a las personas, sino también a las familias. Mi reivindicación sería que invertir en enfermería de salud mental es también invertir en la salud mental de la población.

P. Las enfermeras especialistas en Salud Mental cuidáis de personas que atraviesan situaciones de sufrimiento psicológico. ¿Y quién cuida de vosotras cuando os sentís desbordadas?

R. Pregunta especialmente importante, porque a veces parece que tenemos que saber gestionar perfectamente nuestras emociones por el hecho de ser profesionales de la salud mental y que somos capaces de sostenerlo todo. Y no es así.

Los profesionales que cuidamos también necesitamos ser cuidados. Espacios donde poder hablar de lo que nos afecta, supervisión, apoyo entre compañeras y equipos. También creo que es importante aprender a pedir ayuda antes de llegar al límite. Y algo que para mí es fundamental: no podemos convertir el autocuidado en una responsabilidad exclusivamente individual. No podemos decirle a una enfermera “cuídate mejor” si después trabaja en un contexto de sobrecarga, falta de tiempo o recursos insuficientes. El bienestar de los profesionales también es una responsabilidad de las organizaciones y de los equipos.

Al final, quienes cuidamos necesitamos exactamente las mismas recomendaciones que las personas a las que acompañamos: poder reconocer nuestros límites, pedir ayuda, apoyar y entender que necesitar cuidado no nos hace menos profesionales.

«Formar a profesionales (especialistas) y después no permitirles desarrollar sus competencias supone desaprovechar un recurso muy valioso«

P. En tu caso, ¿crees que vivir la profesión desde dentro, como enfermera, cambia la manera en la que entiendes el desgaste emocional de quienes cuidan?

R. Sí, sin duda. No es lo mismo conocer el burnout, la fatiga por compasión o el estrés asistencial desde la teoría que haber experimentado lo que significa acabar una jornada cansada, con la sensación de que quizá no has podido atender a todo el mundo como te hubiera gustado. Ser enfermera me ha permitido comprender que muchas veces el malestar no aparece porque la persona no sepa gestionar sus emociones, sino porque está sosteniendo durante mucho tiempo unas condiciones que son emocionalmente muy exigentes: presión asistencial, responsabilidad, toma de decisiones, contacto con el sufrimiento, incertidumbre… Y esto también ha influido en mi manera de trabajar como psicóloga. Cuando acompaño a una persona que cuida, intento no patologizar su cansancio o su frustración. Primero trato de entender qué está sosteniendo, cuánto tiempo lleva haciéndolo y qué recursos tiene a su alcance.

Para mí, una de las grandes enseñanzas de la enfermería es esa: entender que detrás de una persona agotada no siempre hay una mala gestión emocional. A veces hay una persona que lleva mucho tiempo dando demasiado de sí misma en un contexto que exige muchísimo.

«No podemos convertir el autocuidado en una responsabilidad exclusivamente individual. El bienestar de los profesionales también es una responsabilidad de las organizaciones y de los equipos»

P. Evidentemente, el trabajo sanitario implica una elevada carga emocional y falta de tiempo para autogestionarla. ¿Crees que esta presión es mayor en enfermería que en otros estamentos sanitarios?

R. No lo plantearía como una competición entre profesionales porque todos estamos expuestos a situaciones de elevada exigencia emocional. Sin embargo, enfermería mantiene un contacto muy continuado con la persona y la familia. Al estar presentes en tantos momentos y si sumas que muchas veces se espera que la enfermera sea capaz de sostener emocionalmente a los demás mientras continúa funcionando a pleno rendimiento… eso tiene un sobrecoste.

Por eso, más que comparar quién soporta más presión, me preguntaría qué necesita cada profesional para poder realizar su trabajo de una manera saludable.

P. Cuando hablamos de gestión emocional en enfermería, ¿de qué estamos hablando realmente? ¿Qué significa gestionar nuestras emociones cuando se trabaja bajo presión, con falta de tiempo, cansancio y contacto constante con el sufrimiento?

R. Para mí, gestionar las emociones no significa dejar de sentirlas, ni mucho menos intentar estar siempre bien. Significa ser capaces de reconocer lo que nos está pasando, entender qué necesitamos y decidir cómo queremos actuar, incluso en situaciones de mucha presión. En enfermería estamos expuestos continuamente a emociones muy intensas: miedo, tristeza, impotencia, frustración… Y es normal que nos afecten. El objetivo no sería conseguir que nada nos afecte; eso no sería realista y, además, nos llevaría a desconectarnos de aquello que precisamente nos permite cuidar. Gestionar emocionalmente sería poder decir: «esto me está afectando», identificar qué puedo hacer con ello y saber cuándo necesito parar, pedir ayuda o apoyarme en alguien. A veces, respirar y continuar, y otras veces, poner un límite.

«Para mí, una de las grandes enseñanzas de la enfermería ha sido entender que detrás de una persona agotada no siempre hay una mala gestión emocional»

AUTOCUIDADO REALISTA

P. Hay algo especialmente interesante en la formación que has planteado para el COER: «el autocuidado realista», no idealizado.

R. Cuando hablo de autocuidado realista me refiero a uno que tenga en cuenta la vida y las condiciones reales de las personas. A veces hablamos de autocuidado como si tuviéramos que hacer todos los días ejercicio, meditar, dormir ocho horas, comer perfectamente y tener tiempo para nosotros mismos… y todo eso es estupendo, pero no siempre es posible.

Si una enfermera termina la jornada agotada y, además, tiene que incorporar 10 hábitos nuevos para cuidar su salud mental, probablemente el autocuidado se convierta en una fuente de más presión y de culpa.

El autocuidado realista consiste en identificar qué pequeñas cosas podemos hacer que realmente sean sostenibles. También significa aceptar que no todos los días son iguales y que no todos los días vamos a cuidarnos igual.

P. La presión asistencial nos afecta individualmente y también puede influir en la relación entre compañeras. ¿Qué ocurre dentro de los equipos cuando acumulamos cansancio, frustración y tensión?

R. Cuando acumulamos cansancio, frustración y tensión, nuestra capacidad para regularnos disminuye. Tenemos menos paciencia, menos capacidad de escucha y menos margen para interpretar adecuadamente lo que hacen los demás. Algo que en otro momento podríamos resolver con tranquilidad puede convertirse en un conflicto. Y en los equipos sanitarios es especialmente complicado porque trabajamos con mucha intensidad. Cuando estamos agotadas, nos comunicamos peor, empezamos a sentir que los demás no hacen suficiente, a compararnos o incluso a perder la empatía hacia nuestros propios compañeros.

Necesitamos fomentar una cultura en la que pedir ayuda no se interprete como una debilidad. También me parece fundamental que aprendamos a distinguir entre la persona y la situación. A veces no estamos enfadadas con nuestra compañera realmente: estamos cansadas, sobrecargadas y esas emociones terminan saliendo en la relación más cercana.

«Si una enfermera termina la jornada agotada y, además, tiene que incorporar 10 hábitos nuevos para cuidar su salud mental, probablemente el autocuidado se convierta en una fuente de más presión y de culpa»

P. Si tuvieras que dar a una enfermera una sola herramienta para esos momentos en los que siente que ya no puede más durante una jornada, ¿cuál sería?

R. Sería hacer una pausa antes de continuar.

Cuando sentimos que no podemos más, muchas veces seguimos en piloto automático: hacemos lo que toca, resolvemos lo siguiente y seguimos acumulando presión. En ese momento es donde pararía, respiraría, tomaría conciencia de cómo estoy y me preguntaría: ¿qué necesito ahora mismo? Esto puede cambiar la manera en la que afrontamos lo que viene después. No siempre podremos solucionar aquello que nos está desbordando en ese momento, pero sí podemos evitar añadir más exigencia a una situación que ya es difícil.

Y me gustaría que las enfermeras nos quedáramos con una idea: parar no es abandonar el cuidado; a veces parar unos segundos es precisamente una forma de seguir cuidando bien, también de cuidarnos a nosotras mismas.