Trabajos premiados en el VII Certamen de relatos breves ‘Sobre Enfermería’
- Categoría Enfermeras colegiadas en La Rioja: “La habitación sin número”, por Laura Sáenz Cornago.
- Categoría abierta a la población: “Servicio de accidentes y emergencias”, por Lucía Angulo Castillo.
RELATO “La habitación sin número”, por Laura Sáenz Cornago
No recuerdo cuándo apareció la habitación sin número. No figuraba en los planos del hospital ni en los listados de camas disponibles. Simplemente estaba ahí, al final del pasillo, justo después de la 317. Entré la primera vez en ella por error.
La noche transcurría densa, de esas en las que el cuerpo se mueve solo y la cabeza va siempre un poco más lenta. Avanzaba el turno entre números, sueros y dolores que no siempre se dejan aliviar. Cuando empujé suavemente la puerta esperando encontrar otra cama, me sorprendió el silencio.
No había monitores, ni bombas de infusión, ni ese pitido constante que termina colándose en los sueños. Solo una silla, una ventana y una mujer sentada de
espaldas,
—Perdón —dije en voz baja—. Me he equivocado.
—No importa —respondió—. Casi nadie entra aquí.
Su voz me resultó extrañamente familiar. No supe por qué. Dudé un instante antes de marcharme, como si salir de golpe fuera una descortesía.
—¿Está esperando a alguien? —pregunté.
—A que todo pare un momento —contestó.
No supe qué decir. El cansancio tampoco ayudaba a pensar con claridad. Cerré la puerta y continué el turno, pero durante el resto de la noche la imagen de aquella habitación volvió a mí una y otra vez, como una idea que se resiste a desaparecer.
Al día siguiente pregunté en el control.
— ¿Quién está después de la 317?
Una compañera levantó la vista del ordenador, desconcertada.
—No hay nada. El pasillo acaba ahí.
Volví esa noche, la siguiente y cada vez que me tocaba turno largo. La puerta siempre estaba ahí. Siempre abierta y ella dentro.
No llevaba bata ni pijama de paciente. Vestía ropa cómoda, gastada por el uso, como la que una se pone al llegar a casa cuando ya no queda nadie a quien rendirle cuentas. A veces miraba por la ventana; otras, cerraba los ojos con una expresión serena, casi ajena al hospital.
Me senté frente a ella muchas madrugadas. No hablábamos siempre. Había silencios que no pedían palabras. Cuando conversábamos, lo hacíamos del miedo a equivocarnos, del cansancio que no desaparece, de la sensación de estar siempre disponible y, aun así, no ser vista.
—Aquí no tengo que estar alerta —me dijo una noche—. Puedo quedarme sin hacer nada
La madrugada siguiente la habitación estaba vacía. La puerta continuaba abierta, pero dentro solo quedaba la silla delante de la ventana. Sentí un vacío extraño, parecido al que queda cuando un paciente se va sin despedirse y nadie vuelve a pronunciar su nombre.
Los días continuaron. El trabajo también, como siempre.
Pero una mañana, al cambiarme en el vestuario, me miré en el espejo más tiempo del habitual. Reconocí mis arrugas y el gesto cansado, la necesidad urgente de parar.
Entonces comprendí que aquella habitación no pertenecía al hospital. No estaba en ningún plano porque no era un lugar fijo. Aparece cuando alguien, acostumbrado a gestionarlo todo, empieza a olvidarse de sí mismo. Solo entonces, se abre un refugio silencioso, un espacio que nadie ve, donde puedes permitirte detenerte sin culpa.
Desde entonces, cuando el peso de sostener vidas ajenas se acumula demasiado, cierro los ojos un instante y respiro. Me hablo con el mismo cariño y paciencia que ofrezco a otros, aunque solo sea por unos minutos. Busco un lugar de reposo, un refugio donde poder sentarme, aunque ese lugar sea una habitación sin número.
RELATO “Servicio de accidentes y emergencias”, por Lucía Angulo Castillo.
La noche que llegué a Urgencias, la enfermera que me atendió -una estudiante de prácticas-, me preguntó si había disfrutado del fin de semana. Era la madrugada de un domingo de agosto y yo llevaba cinco cervezas encima y una perforación en la pierna por la que se me salía la vida poco a poco. Había dejado lo que quedaba de mi coche en una cuneta, y la ambulancia a la que otro conductor había llamado por mí, frente a la puerta de cristal del edifico.
Tardaron apenas un par de horas en darme casi cien puntos, calmantes para el dolor y pasarme a planta. Horas más tarde, mientras intentaba conciliar el sueño tendida sobre mi nueva cama, pulsé el botón rojo tres veces preguntado dónde estaba. Una voz masculina prometía: a salvo, y yo me reía, aliviada. Aunque eso no lo recuerdo, es solo lo que me contaron al día siguiente.
Pase allí una semana entera. Me suministraron más calmantes y me dieron de comer sopa, natillas y zumo de naranja. El hospital apareció ante mí, irguiéndose como un lugar ajeno al mundo, una cápsula donde venía alguien a preguntarte qué te pasaba solo con pulsar un botón y los ansiolíticos se convertían en una medicina capaz de hacerte perder la noción del tiempo y del espacio. Había conseguido una habitación en un lugar donde no tenía que hacer la compra, cocinar, limpiar ni pagar el alquiler. Y me gustaba. Me gustaba que nadie viniera a molestarme. Me gustaba que el baño estuviera siempre limpio. Me gustaba ir desnuda bajo el camisón de algodón y pasarme el día tumbada sobre mi cama automática sin tener que levantarme de ella. Ninguna tarea pendiente a la vista, solo otra pastilla programada dentro de dos horas. Denme dos.
No podía salir al pasillo ni a la cafetería porque todavía no podía caminar. Me dijeron que iba a necesitar rehabilitación. No me importaba. La cicatriz, rugosa, larga y profunda, cruzaba mi muslo de arriba abajo. Me preguntaron si quería ayuda psicológica, la tarjeta de un médico estético. Dije que no. La cicatriz era un recordatorio de la vida de antes. Y la vida de antes no era la vida de ahora. La vida de ahora era el hospital. Y a mí me encantaba el hospital.
Cuando tenían un hueco, los enfermeros me traían chocolatinas de la máquina expendedora de la cafetería a escondidas y luego se quedaban a charlar conmigo hasta que otro paciente menos favorito pulsaba el botón para emergencias. Resulté ser la hostia de divertida, mi mejor versión enchufada a una vía y un gotero.
-¿Cómo te hiciste ese estropicio en la pierna? -- un atisbo de pena escurriéndose entre sus palabras.
Y yo, completamente anestesiada, hacía una broma que me permitiera desviar la atención de mi accidente de coche, la curva cerrada, las cinco cervezas y el instante de duda, y contestaba con otra pregunta o les decía que, si tanta curiosidad tenían, leyesen mi expediente. Me encantaba esa palabra, me hacía sentirme una criminal.
Cuando no estaba con los enfermeros, me echaba una siesta, veía los concursos de la televisión o jugaba con el mando de la cama. Cero visitas, un pinchazo de dolor y otra pastilla.
Los siete días pasaron muy rápido y el domingo siguiente me dieron el alta, una silla de ruedas, cita para la retirada de los puntos y el número de un fisioterapeuta. Me inventé mareos, un pitido en el oído izquierdo, incesantes dolores de cabeza. No funcionó. Necesitaban que otra persona ocupara mi cama.
Miré la bolsa de suero y le dije a mi enfermero favorito que no podían echarme.
Al día siguiente era lunes.
-Seguro que tienes a alguien esperándote en casa.
Sonrió con cara de ser buen padre. Lo estaba intentando.
-Pero no tengo una cama como esta.










